Acabo de volver de un viaje a un mundo bello para ver y más bello para sentir. De una experiencia que me ha exigido audacia, coraje, tesón, fe y, sobretodo, capacidad de disfrute.
De unas vivencias que tienen que ver mucho con el otro, con la otra. Mucho conmigo mismo. Con mis luces y mis sombras.
He tenido el privilegio de volver a otro mundo. Al mundo de escenas naturales que te enmudecen la mente y te agrandan la mirada. De momentos que se pierden en la historia del Hombre. De conocimientos que hoy no están de moda...
De seres que viven la inocencia, su grandeza, a pleno sol en tierra árida. Que guardan su ancestral sabiduría conocedores de que tienen un final por ellos mismos profetizado.
He vuelto a vivir el sagrado amanecer de la inmensidad, de la Historia de nuestra Madre Tierra, del vacío multicolor. He podido regresar para revivir el Gran Silencio.
Y todo ello aderezado con gotas de alegría, de sorpresa, de improvisación, de emoción, de compañerismo, de altruismo... de Vida.